VICTOR SOSA














Victor Sosa
, poeta, ensaísta e tradutor, nasceu em Montevidéu (Uruguai) em 1956, mas reside atualmente na Cidade do México. Publicou, entre outros, os livros Sujeto omitido (1983), Sunyata (1992), Gerundio (1996), La flecha y el bumerang (ensaios, 1997), Decir es abisinia (2001), Los animales furiosos (2003) e Mansión Mabuse (2003).





El sordo y el arte de la cetrería


El odio al oído no lo inmuta; sí la mueca en el mameluco metalúrgico y ese cacareo inhábil y nihilista que lo asemeja, de perfil, a Nagarjuna. Pinta adiposa cana. Camufla el look. Algo comparte, pero poco. Cuando lo encontraron deshecho en el desierto con la dentadura delantera tendida en el detritus, castañeteaba. Lo reconocieron por el bajorrelieve del injerto (dragón Wang Wei) debajo de la ingle. En esa enrarecida atmósfera los ojos, tanteándolo todo por las comisuras. Foto fija (la mujer policía lo patea), con ánimo de dolo pero sin el orificio de salida. Ayunando sobre la destartalada silla de montar, derecho va el viejo. Después atún hasta el hastío en los esteros. Ranurada la frente por el roce del zarcillo; corva la boca; el índice desguarnecido de falange por un inoportuno tracto al tramposo deshabillé de la heroína (qué badulaque: activó automático el obús) allá en los tugurios caseríos de Altagracia (región renana, al sur; nunca se puso el sol en ese enero); la canana abotonada en la chaqueta militar (federalista hasta en el tálamo nupcial, maldecían los empalagosos herederos) oliendo a almizcle, a pólvora, a la anarca leucemia de Durruti, Si lo torturaban escribía rencor con el muñón del palmípedo intermitente (cría de ganso) sobre algún algodón traído por las indias. Se durmió en el alero del aljibe una vez que hubo merendado toda la salmonella del rector (alguien alquitranó ese taburete). ¿Y? ¿Lo mataron? No, no lo mataron; solamente hirieron su moral. Después de la trifulca (Sarah Bernhardt) se le ve siempre solo, nadando sobre los facciosos cuarzos, mariposa. Piedras le arrojan los gurises guaraníes (guachos de mierda, susurra anfibio el sordo y lanza en quechua un chijetazo que abrasa hasta media ladera del volcán) y, para colmo, los expósitos guarros relojeros guaseando con el acné entre la piscina y la vecinita de la central nuclear. Qué combo, todo. Alcanzar la otra orilla. Asegurarse un jubiloso retiro en el alcázar (como querían los padres de la Iglesia) y dos más dos son cuatro. Pero a nado no llega, sin ayuda (arriba) de los del helicóptero. ¡No va a llegar a nada! le gritan los esbirros del gramófono (Leticia alza su falda, acuclillada como de costumbre sobre la porcelana del bacín, enseña al sordo el metálico bisturí y, en la entrepierna, la tatuada rosa pecosa calcada de la poblana talavera). Entonces sonríe, sordo a la canallada soldadesca, se sacude. Seca el suspensor y los supositorios en la rama (arrayán, o mirto) y mira hacia lo alto de la senda, hacia la cimarrona hipotenusa entrando en selva, en ascuas (¿será que así se dice?), en el tobogán de una ventura asíntota y grandota. Hay fiesta en la favela (paella, champaña y chimichurri), hay un halagüeño sueño novo que se delata en el sabor del vino y la morcilla. Bailen, batuquen, bésense (tambaleando en el terreiro espeta el sordo); saluden hacia el cielo lo que pasa (hala la Virgen ala) y alabados los beodos, las medusas, Lisístrata alabada. Tratan de asirlo los carabineros por la espalda pero no se animan (para lo que les pagan) así a entrometerse en el barullo; que se embadurnen todo lo que quieran, que alharaca la caca y el incesto; después de todo, nunca en su jurisdicción fue consumado (salen del servicio). Suenan timbales si Prusia capitula; clarines suenan si zozobra Alsacia; raya Brahms con los dedos una saya y ruge al nororiente el Brahmaputra. Psilocibina para el palafrenero de Versalles, piden en las pancartas doce provos (“Aunque usted no lo crea: Cristo vive”). Un susurrado samba en latín triste clausura el carnaval. Buenas pasturas el siroco augura; repletas atarrayas: guacamayas. Una flauta de pan y un pastoral Virgilio sin su Dante despiertan al troglodita sordo de su siesta. Soñaba con Fourier (californiano), con treinta y seis estampas de Hokusai (Colección de Rigoberta Menchú), con Antonioni, con alas para hablar tal vez de Mitla, todo, y las Enéadas; soñaba (Martha Graham) con regresar catecúmeno al Mar Dulce (Verona queda para el otro lado) tras tropezar tres veces con el brillo volátil de un martillo. No se pudo; la puta que los parió (y de poderse, ¿qué?, diría Pessoa). Nadie salude al rey que va desnudo. Nombren fiscales en la Noche Triste (cortesía Renault) y si a la larga algo recolectan o atesoraran (intestinos delgados por ej.) sosiéguense en el fuego de la dádiva y al carbón lo que sobra y a la soga (cordel) toda la carga. Eso, desperezándose, pensaba; perplejo en la quietud del que examina y en la exención (enhorabuena) de las meticulosas medallas asesinas. Can-can las chicas, los toreros lodo hasta en la zapatilla salpicado. Un ciclo de preguntas que genera un inconcebible ciclo de respuestas. Un anhídrido aquí, un categórico helio en cualquier parte; un hoyo negro en la verruga del bonsái; una enorme tararira nada nuda; un halo (oro) en la coronilla de los bizcos; un ciempiés que se aleja en cuatro patas; un tiroteo detrás de las pelucas; una estela o bandera de malhumoradas uñas de elefante; un sorpresivo graffiti trazado sobre el cuasar; una atonal cantata en los incendiados gasoductos. Qué paliza en el polvo la polenta (mientras alguno la vértebra le arranca), qué nitroglicerina en tren expreso (de 2 a.m. a 3). Porque quietud, quietud, que bien se sepa o que algunos suspicaces lo sospechen, no hay, no habrá, no se conoce o hace tiempo no pasa en este entierro. El tiempo es una bomba acústica acatarrada entre los intestinos de las hadas. La gama del Omega en el cucú del péndulo sopesando el inminente knock-out técnico. Y el mundo es flor de un día Quetzalcóatl. No te ilusiones porque no hay, Narciso, nada dentro del espejo. Gusanera de agua, silogismos, un diástole que dura hasta el solsticio y que, reverberando allí (fractal hacia su Andrómeda) gameto tras gameto curva cruza. No hay libertad (palabra swahili) gravitacional en la galaxia, hay un chorro de luz de alta frecuencia eyectado hacia el lóbulo. Y las preguntas migran: ¿Cómo es que no se expande y/o destruye el chorro a través de cientos de miles o de millones de años luz? ¿Qué es lo que lo mantiene confinado? ¿Por qué sale en forma de chorro? ¿La apariencia de pelotitas se debe a inestabilidades del chorro o es arrojado así el material? ¿Por qué y cómo desemboca en los lóbulos? ¿Qué mantiene confinados a los lóbulos? ¿Por qué las radiogalaxias son elípticas? ¿Por qué las más potentes se encuentran en los centros de los cúmulos? (Fig. 37. Imagen de la radiogalaxia NGC 1265 reconstruida por computadora.) Se cree que lo que puede producir la curvatura de los chorros es la presión del medio intergaláctico, se oye decir. ¿Y Dios? ¿Alguien entre los torcidos intersticios dijo Dios?, se preguntan los mellizos del psiquiátrico. Nadie alba la voz, nadie se mueve: el chorro, la migraña, la longitud de onda de la acacia, el corrimiento al rojo del hidrógeno. (Años más tarde, Greenstein comentaría: “Fue un caso típico de autoinhibición de la creatividad por exceso de conocimientos formales.”) Menos mal, la palabra; mendigos hasta en eso, sosegándose; asiendo en el radiotelescopio alpina altura y en la adicción de más (o en la de menos) un raleado muaré de fina presea bautismal. Altamira, mantel y monolito. Velas, dos copas, un verso, Garcilaso (“Corrientes aguas, puras, cristalinas”) entre las aromáticas glicinas (si te empalaga el espumoso vino te halaga la mirada de menina). Nada más que escuchar: el pecho abierto y el rubí de la cara y en las manos marfil, entrelazadas. Ah, luna oculta Amor en tus secretos. Déjame adormecerme entre la bruma; perderme pido en un silencio incierto y que Caronte reme hacia los muertos. Y nada, sin embargo, enturbia el vidrio. La masa minusválida indecisa drenando al viejo conejo en la galera y cuarenta cornudos en la cola recién diagnosticado el socialismo. Qué panorama, ¿no? Si hasta Epicurio ríe (como se dice por ahí: se desternilla en la silla del círculo polar que fabricó Alighieri). ¿O no se dan cuenta de nada? ¿Con tanta clase, acaso, no multiplican consecuencias? ¿No Heráclito? ¿No quizá ni Lao-Tsé? Un Séneca que silba, distraído, atrae a los cetáceos. Habla un delfín amable; el perro blanco viejo de Spinetta sacude en el Jardín de los Presentes sus aletas. Tordo, alacrán, herbívora vicuña, volátil marinero el gavilán y su hermana jirafa en la sabana. Sesudo invertebrado, tunicados, mares que a la medusa nunca alcanzan, anfibia coralillo de colores que cruje, cambia y, en el verano, croa. Todo es un porvenir pretérito de formas que al movimiento de la luz incitan. Busca un lugar mejor, en los confines; afina aguda puntería el pico; apostate entre los bustos más idílicos (que en Compostela sobran), pero ni aún así trovar podrías ese indiviso friso al paraíso. Indurada lesión el pensamiento que en cráneo inapacible tanto tensa. Tasa, mejor, tu pena, tartamudo. Para evitar excesos, evalúa. Constata (como aquel, en Éfeso, lo hacía) todo aquello que pasa: lo que piensa el piadoso y lo que se le ocurre al poderoso; lo que mancha o lastima, lo que a la greda ensucia o sala encima; lo que en el esperpento al gozo obliga y aquellos alimentos que hacen hablar demás a la barriga. Deja de andar rengueando en la saliva, soplando inútil vela en ese mar; mejor, ajústate el
cinturón, toma la azada, rotura tu jardín con tal ternura que, sola, la pereza se disipe y empieces a sentir que así exististe. Fósil de mí, de ti, de agusanados lirios espantosos, de pedregales harto presuntuosos, de filiforme fascia radioactiva. Bebe en la fe sin Dios el desatino que en cáliz de agua transparenta en vino la nada que la ninfa deposita: faunesa japonesa que en ti habita. Ah, Amanita muscaria; ah, Antracita; ah, águila tan ágil e imperial; ah, Anita y Esthercita, Ivonne de Bonn; ah, Olga rusa y sucia; ah, Úrsula que a los viajeros desde esos Urales precipitas. Espesura madura en la botánica jungla de una ranura consagrada en boca. Voto mayor no hay, salvo el silencio. La voluntaria Trapa de la amígdala que te exonera de la tórpida tos de la palabra. No me digas que sí, no me digas que no. Mejor, no digas nada. Átate el cartílago del habla al alto mástil y, sereno, sonríe a las salobres edecanes que Ítaca te espera. O no te espera (acá nada es seguro, Minotauro). ¿Entonces? ¿Quién dijo que la sombra duele menos? ¿O que el sol duele menos? Ah, la sombrilla; la reposera o tumbona sobre el vaho del azufre que vomita el géiser en los tórridos témpanos de Islandia (glaciares, volcanes y viruela, s. XVIII). El chantilly de una eyección que empapa la ionosfera y salpica hasta el báculo papal. La Vía Láctea que escupió Herculano emanada, a presión, de esas potentes tetas de Atenea. La creación es caldo caliente de cultivo. Arde el placer y goza lo que arde. Quema el que ama todo y cauteriza. Mono de fuego entrando en la rompiente y derritiendo oleajes con su cola. Ola, la cascabel, que antorcha agita mientras el tigre aliento resucita: cada raya un dragón, cada partícula ejércitos de garras premedita. Mundo: como vos ya no hay dos (exagera el sordo emocionado); cuasares, galaxias, nebulosas, horizonte de eventos de partículas: todo en temblor en esa milicia del amor (militia amoris, en latín de Ovidio), en esa fuga, Febo, de Dafne hacia la madera del laurel. Metamorfosis sin metalingüística; una física celeste de fusiones que canta aquí y ahí, que ensaya más allá, quemándose en el lactumen de lo fólico. Es que (razón habrá que darle a quien lo dijo) el mundo está bien hecho (Auschwitz-Monowitz & Auschwitz-Birkenau). El mundo (ah, parapléjicos), parece que está bien.



























Se ha puesto el gallo incierto, hombre
.
César Vallejo

Ni luna ni ola en este silencio: sólo
tu cadáver –tu cresta de opio-, tu luz
de día artificial en cada arteria.
No naces, bardo, todo te ausenta
tigre en la cal de su pezuña, pero
por si algo pasa el pez se crispa: su sedal
de zapa saca a relucir el arpón de escamas,
la lira del dolor; ni luna ni ola ahora
una eclosión de eclipse total; unión
de eccema en ecce homo coronado,
¿coronado de qué? de espinas, de espinas
ulcerando (lesión de los tejidos vegetales)
lacerando el capitel en esa fricción
del que restringe y se desangra: César
por ejemplo; políglota el peruano en su alcatraz.
Ave! No salgas –dijo- porque hoy
ni luna ni ola ni adiós; odio
tanto desierto.



























(modus vivendi)


empinado en la rama; retráctiles

las garras.

pulsión de sangre

ante su presa el tigre



salto y sobresalto: una

única chispa; inmóvil

anochece.



















Sísifo y los caballos

Hay que imaginarse a Sísifo feliz

         Albet Camus

Tres caballos después el mundo es triste.

Extremaunción: aguas hirviendo

sobre la arteria azul de los cuchillos y

mustia Ofelia flota entre el mohoso maderamen.

Tres caballos, tres tártaros jinetes avanzando

hacia el lunar dudoso, hacia el ladrido

feroz de no me toques. Tócame ahí

donde duele (dinastías, peroné, Nairobi),

duele el daguerrotipo de la forma (equinos).


Eleutheria es libertad. Tiembla, entonces,

la tierra -;- trepida la tiara ante el presagio

o ante el diapasón del bisturí del tigre

saltando y asaltando en el tremor; relámpago

el dédalo de ojos, el porvenir de cicatriz

sobre el difunto domo del intruso. Espanto es poco.

Los caballos se erizan desorbitando ijares y belfos

babosos ante el fragor de olfato de la bestia. Pero

no cejan. Avanzan sobre los orines del mojado

y adrenalina exudan en ese entrevero de las lanzas.

¿Qué pasa aquí? –preguntan. ¿Hay alguien

aquí? –preguntan. Saben que duele pero

no saben qué es que duele. Mascan

ceguera, máscaras alzadas en el ristre del sueño

de la sangre -;- de pronto, un ruiseñor.

Pacto. No, pacto no;

tregua en la trifulca: láudano, laudes.

Cada caballo a su pienso que aún acechan layas asesinas.

Mijo para los bárbaros, algo de arenque y el recuerdo

de unos rasgados ojos de mujer (protuberante

prole de aminoácidos sus hijos). Todo

es nube. Núblase llueve. Carece

de patria el paria pero baila. Alcoholes,

tantálicas palmeras en desierto. Tócame; no

me toques. Sentar sentido entonces.

¿Quién piensa en el sentido? –dicen.

¿O en el destino? –dicen. ¿Instinto?

El potro aún vivo en el perineo del caballo; la

yegua alazana muriendo en su salmuera. ¿De

qué? –preguntan. ¿De qué qué? –preguntan

sus ojos; la fijeza de los ojos idiotas de la yegua.

Fisión en el fibroma (conocer es unir). La del-

gada retícula natatoria en los palmípedos; tiembla.

El bambú en la oreja del enjambre; tiembla.

Los caballos; tiembla. Tócame ahí –dice y estira

hacia la mano la raíz del ranúnculo, la herida es-

talactita del molar. El diminuto pie curvo que se enanca.

No toques que duele –dice, y sangra. Tiembla la

trinidad equina. El triunvirato de piafar

sobre la sólida gamuza ensangrentada. Púrpura.

Pleonasmo en los relinchos; pingüinos a lo lejos

olisqueando. Y si me toca, y si no me toca. Morir.

Dame la mano que te daré azafrán: pon la palma así.


Equus la pezuña. Es que Eleutheria es libertad

(originando las tropillas que a veces pueden verse).

Pero se dice poco (tres caballos); casi todo

lo que se dice, dice poco. Cabalgan.

Sísifo es feliz.

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