NUEVOS POETAS CHILENOS - CHRISTIAN ANWANDTER


Christian Anwandter (Santiago, Chile, 1981). Máster en Semiología del Texto y de la Imagen en la Universidad de París VII. En París, participó como editor de la revista de poesía Nigredo, en la que también publicó poemas propios y traducciones de poesía contemporánea francesa. Actualmente reside en Santiago de Chile, escribe artículos sobre poesía para la revista Ronda y edita la revista de poesía VA, además de participar como coeditor para Ediciones Tácitas en diversos proyectos. Publicó en 2008 el libro Para un corpo perdido.




Renina Katz


UNA UTOPIA

O acto o gesto, estas líneas, detenido
tiempo elaborado, crean cuerpo,
pues otro integra a sí, y crece o rompe
espacio al que una mano da sustento,
ya que el obrar sujeto está al lenguaje,
todo lenguaje a un tiempo,
y en ese tiempo hay que decir lo justo,
o entonces un tirano nos implica,
o bien nosotros mismos a nosotros
mismos derrotamos, convertidos.

Memoria ciega abruma la mirada,
a veces sólo el sol se ve visible,
se ve y el sol de allá no ve de vuelta,
pues libres de destino están sus rayos,
el fin lo encarna el hombre entre palabras
que corren por el río hasta tocar
olas de mar, y vamos imponiendo,
acumulando fe, sedimentando
historia, sin que un límite del resto
exista en plena noche a ciencia cierta.

La libertad no brilla desde afuera,
no acepta el curso, entonces, ni al estado,
sino que hacia lo extraño se derrama,
abre un refugio abierto en que se siente,
se desenvuelve el mar de los sentidos,
la espuma del objeto ante los ojos
nace, y alrededor es parte plena
de nosotros, que amando más aún
alzamos esta lengua, arrinconando
al pecho opaco, al sol volviendo cuerpo.
.

MONÓLOGO DEL RIO

Yo sólo sé que reanudas todo.

Ya sea en la armonía de tu espera,
o bien en el desgarro
de un cierto territorio maternal
cuyo lenguaje mientras muero olvido,
el error se complace en repetir
todo en sus propios términos.

Por eso me imagino que nombrarse
consiste en parte en ver nada de sí
en un alrededor veloz e informe.
Mis ojos siempre son
los sordos traductores
de mi propia ceguera.
Sólo si me disgrego entre las cosas
y logro recordarlas sin desearlo
me volveré hacia ti.


LA INSISTENCIA

De pronto, como cuando cae
la nieve con furor y sopla
de hielo el viento intenso, tu alma,
a lo lejos, detrás del puente
que el tren como un recuerdo cruza,
confundida en la bruma angosta
que envuelve a esas viviendas de aire
parco, de pronto, digo, surge
tu alma, arrojada en el paisaje
nítido aún en la memoria.

Pero la nieve en la ventana
deshace tu mirada (curso
de espanto, jardín inundado
por inmóviles niños). Aún
es un erial nocturno el canto.

Y se humedecen poco a poco
los muros de la casa. Crecen,
acumulando arena y rosas,
regiones de agua ambigua bajo
sus bordes. Acá nunca quise
-soñé en decir más tarde- el muslo
del sol detrás del ir veloz
de estas nubes que ves partir
hacia otro bosque. No nos queda
nada. La nieve nos descubre.


  
Renina Katz


ROZA, REALZA Y PRENDE

Sin alejarte de este instante, dime
lo que viste y te trae hasta este punto,
lento gesto, pues lo amas más allá
de imagen propia, dices, para dar
casi en tu contra voz de cuerpo ausente,
vuelta voz de ambos,
hasta que un cuerpo pleno surja desde
adentro, libre, sin pérdida vista.

Lo cierto duele en otro, sin embargo,
y de la dicha olvido pronto estalla,
culpa luego, recuerdos, en el fondo,
de aquello no nombrado,
viva naturaleza en que uno duerme,
cuando se piensa en cuánto, en ese espejo,
o en lo que sirve a alguno.

A errar por el olvido condenado,
encontrándose de golpe eternamente,
a ser memoria se dirige el acto,
mientras que aquel que escribe roza,
realza y prende recuerdos que entre todos
pisoteamos.



León Ferrari


AMOR DE LA PRORROGA

Somos la mordedura que, de noche,
ya sin aire, el temor sella,
mientras que adentro, derrotado, gime
el mar tremendo y débil.
¿Pero qué fruto se abre ante el espanto?
Caminamos así, tiesos, entre ávidas torres
y frías sucursales, aunque el viento traiga
al campo acá, aunque los árboles podados
nos recuerden que no vemos olvido,
sino deseo, y que entre nuestros huesos
habrá siempre palabras, gestos y un cuerpo,
ya perdidos, que bajo las estrellas
respiraron. ¿Qué queda tras nosotros
sino los hilos fúnebres que el hambre
y nuestro sol tejieron? Porque pronto
supimos del fin, pero luego, mudos,
perseguimos el amor de la prórroga,
y unimos nuestras vidas, ya eclipsadas,
contra el dolor agrio de los muros.


AUNQUE LO VISTO AÚN NO NAZCA

           Quel che verrà verrà di questa pena
                                                    
                                                           Mario Luzi

Anuncia, aunque lo visto aún no nazca,
pues se hace en nombre de ambos,
acá aparte, de frente al muro
en que la imagen prende, nuestra en nuestra
contra, para decir propio.
Pero a la bruma no hay cómo escucharla,
ni entrada hasta su centro, o este estar
en medio es justo, y este nuestro fruto,
y nuestro cuerpo es esto, una promesa,
un ritmo proferido que uno cumple.


A MODO DE APOSTILLA

Apártate un poquito, carcelero
de tus propias palabras, que es lo mismo
tener y tener cosas que tener
palabras y palabras para ver
a otros poseyendo y por lo mismo
decir es posesión del prisionero.


MATERIA DESNUDA

En torno a un punto muerto lo escrito despliega el registro de un asedio.
Sopla el viento y traza líneas sobre una materia desnuda que espera una entrada.
Se trata de un desierto y de figuras listas para abordar un río.
Pero el hombre concibe un objeto antes de hundirse en el río que habita.
Y se va galopando hacia un muro.

 

Renina Katz


GEOMETRIA DE LA LENTITUD

En el desierto hay líneas de sueños administradas por la sed.
Hay líneas de espera impacientes que ocupan un espacio vacío.
Y cualquier objeto es un río que corre al eclipse de un tiempo.
No tiene sentido el formarse a la espera de un objeto que muere en sí mismo.
En verdad el objeto atacado es el aire y apenas se dicta una respiración.
Solo en un punto muerto el preámbulo es arte de un poema que avanza.


LA MEMORIA DEL SOL 

Yo nunca descarté
besar el muslo amargo. Aun cuando veía
el vaho en la ventana tocar quise
tu cuerpo. Qué importaba que las calles
de nieve se cubrieran y que blanca
la aldea se perdiera en el silencio
intacto del invierno. Qué importaba
que el súbito derrame nos dejara
cerca insoportablemente
o que permaneciera el cielo siempre
inmóvil y que no encontráramos
en la neutralidad de las estrellas
un refugio. 

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